Lo notó casi cuando nació, pero estaba intranquila. Sus sentidos se agudizaron esa semana; quería captar al detalle las impresiones y comentarios de los demás.
Sus padres, sus hermanos, nunca se confundirían aunque le cambiaran el nombre cuando menos se lo esperaban. Era pasajero y unido siempre a situaciones claras donde la confusión estaba permitida: corriendo por los pasillos, luces apagadas, haciendo muecas,....
¡Ana ven para acá, deja en paz a la pequeña!- vociferaba en demasiadas ocasiones el padre que protegía más de lo común al pequeño polluelo del grupo.
- Silvia..., papá– respondía con aire de suficiencia, cansada por las continuas repeticiones por las que les hacía pasar su condición de cuasi idénticas.
- ¿Cómo dices? ¡Ven ahora mismo! -, frunciendo el entrecejo, el padre perdía la compostura de banquero correcto cada vez que su par de hijitas les hacía esto.
Al momento se calmaba... – Ah, sí.. eso....¡tú me has entendido perfectamente, así que no me rechistes! –, sentencia sin posibilidad de réplica. Majestuosa silueta del poder casero.
Silvia dejaba entonces de quitarle-ponerle el chupete al nuevo bebé (juego ideado por su hermana, todo hay que decirlo), sentándose en el balcón del sexto piso hasta que finalmente accedía a desenfadarse de la ira recibida. Ana casi siempre se libraba. No era justo.
A todas estas desdichas de infancia, había que sumarle que hasta la edad de los ocho años irían homólogamente disfrazadas. Mismos vestidos pero con un código de color particular: los rosas y amarillos, para su hermana; ella se quedaría con la gama de los azules y verdes. No intuían hasta qué punto este hecho condicionaría su vida.
Sin embargo lo que ocurría con sus tíos, sus padrinos y con la mayoría de sus amigos, era inquietante. No sólo se confundían en sus nombres, su equivocación iba más allá. Bien pensado, no era equivocación. ¿O para ellos lo era? No, en absoluto. Era un error lógico que hasta bien mayor no supo apreciar. Entonces era una niña y ambas decían al unísono su nombre bien alto para que se lo metieran en la cabeza. Esperaban que así, tras repetirlo millones de veces, algún día dejaran de equivocarse... y de preguntar.
Pero no ocurrió. Año tras año, con nuevos amigos y los mismos familiares de segunda línea de sangre, iba pasando lo mismo. Volvían a decir sus nombres, incurrían en sus diferencias, con cierta condescendencia hacia los demás, hasta permanecer hastiadas.
Desde los cuatro a los diez años su vida par comenzó a surgir en su conciencia. Era vista como una unidad conjunta de dos seres por la mayoría de los mortales, hasta por sus propios padres... o eso pensaban ellas entonces. No sentían la identidad de cada una, aunque ambas sabían que existían.
Ella siempre sería la ‘gordita’ y su hermana ‘la más alegre’ para los pocos privilegiados que miraban más allá del primer vistazo y que intentaban apelar a los sentimientos individualistas sin darse cuenta que seguían siendo crueles. Para los demás simplemente: las mellizas.

3 comentarios:
Pero qué exagerá que sois las ‘sevillanas’!!
Aunque, bien pensado...
lo mismo te estás echando un piropo a ti misma de manera sutil..., no?
:)
Quien diga que sois iguales....regaladle gafas, por Dios!!!
Hay muucho miope de espíritu por ahí suelto....
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